Un museo fuera del museo

Manuel Padín

Una obra de la exposición Un museo fuera del museo

Aquel transeúnte que, deseoso de un chai latte, acceda antes del 30 de noviembre a la cafetería Öss Kaffe, ubicada en pleno centro de Barcelona, quizás se siente junto a dos fotografías apoyadas contra el muro del establecimiento. Aparentemente olvidadas en una mesa baja de madera, pasan desapercibidas a la luz del foco de dos lamparitas. Sin embargo, lejos de tratarse de elementos ornamentales, Paisatge interior amb marina. Aranjuez [Paisaje interior con marina. Aranjuez] y Paisatge interior amb marina. Cargol [Paisaje interior con marina. Cargol] son dos obras de Mabel Palacín y Mirko Mejetta pertenecientes a la colección del Museu d'Art Contemporani de Barcelona (MACBA). Su fuga de la institución barcelonesa coincide con la celebración del 30º aniversario del museo, cuyo hito central ha consistido en la elaboración de una programación expositiva expandida a lo largo de más de veinte municipios de Cataluña con la que Martí Manen, su comisario, ha forzado al exilio museístico a una cuarentena de piezas de la colección y archivo del MACBA.

Un museo fuera del museo es un proyecto impulsado por el Departamento de Cultura de la Generalitat de Cataluña y el MACBA que cuenta a su vez con la implicación de los centros de artes visuales de Cataluña (veinticinco en su totalidad), a quienes se les ha invitado a escoger una ubicación «no expositiva» donde exhibir obras –copias de exposición, nos avisa la letra pequeña– que propongan diálogos de distinta naturaleza con cada entorno específico. Con este planteamiento, el museo buscaría rehuir su condición de mausoleo para infiltrarse en diferentes espacios de la vida cotidiana como peluquerías, librerías o farmacias. Bajo la máxima política de reequilibrar el mapa cultural de Cataluña, esta iniciativa curatorial debe leerse dentro de toda una corriente reciente de proyectos museográficos que proponen exposiciones geográficamente expandidas; una tendencia que actualmente se complementa con su lógica opuesta: la pulsión inmersiva.

!!! Vista de las obras Paisaje interior con marina. Aranjue  y Paisaje interior con marina. Caracol, de Mabel Palacín y Mirko Mejetta, en Öss Kaffe. Foto Miquel Coll

Vista de las obras Paisaje interior con marina. Aranjuez y Paisaje interior con marina. Caracol, de Mabel Palacín y Mirko Mejetta, en Öss Kaffe (c) MACBA

Antes de escapar del centro barcelonés, volvamos un momento a nuestra cafetería de confianza. Allí preguntamos a la persona que nos atiende por la vinculación de ambas fotografías con el establecimiento. El camarero nos dice no tener ni idea, si bien se imagina que la razón del traslado de dichas obras del museo a la cafetería (un viaje corto, de apenas unos ciento treinta metros) quizás tenga que ver con el acuerdo que desde hace unos años mantienen ambas entidades, ofreciendo un suculento descuento a las trabajadoras de la institución. ¿Cuál podría ser el interés de sacar del museo unas obras que, extramuros, pasan inadvertidas? ¿Qué estrategias curatoriales pone en práctica el proyecto? ¿Qué efecto logra finalmente?

Todavía en el barrio del Raval, a poca distancia de la cafetería, nos topamos con la Biblioteca de Cataluña, donde se esconde –literalmente– otra obra de la colección. The Joycean Society [La sociedad joyceana], de Dora García, nos muestra a un grupo de lectores que se reúne a comentar la última novela de James Joyce. Pocas pistas encontrará el aventurado amante del arte que siga el mapa del tesoro museístico acerca de su localización exacta. Solo después de preguntar en el mostrador de la biblioteca, un monitor hasta el momento apagado nos permitirá disfrutar de la experiencia estética.

Si bien asumimos como necesario el ejercicio de acercar el arte contemporáneo a la sociedad y difuminar así los límites del museo, cabe preguntarse: ¿cómo articular este deseo sin, precisamente, señalar —o incluso ensanchar— la brecha entre la institución y el afuera? ¿Cómo evitar la simplificación discursiva y el reduccionismo estético: el monólogo de la obra con el espacio? ¿Con qué obras contar para un proyecto con estas pretensiones?

A partir de este momento, el viaje de las piezas se dispersa. El museo hace de lavadora y centrifuga su colección por todo (¿todo?) el territorio catalán. Hagamos un breve recorrido por algunas localizaciones singulares: una pastelería en Sant Cugat del Vallés exhibe tres fotografías de Àngels Ribé; la sala de espera de un dentista de Manresa muestra el vídeo de Martha Rosler Flower Fields [Campos de flores]; los vestuarios de un campo de fútbol acogen la pieza Sin título (Campo de fútbol) de Xavier Ribas; dos peluquerías se atreven a hincarle el diente a la fotografía contemporánea, con obras de Francesc Abad y de Onofre Bachiller... Casi todas estas piezas comparten un rasgo cualitativo respecto de su ubicación: les ata la literalidad, esto es, la búsqueda de semejanza entre la naturaleza del espacio específico y lo que el objeto artístico representa. Por fuerza de esta atadura, la potencia poética se limita, quedando subyugada cada obra a su función especular con su entorno, como un pequeño souvenir, una nota al pie, un recordatorio. Así, mientras que un salón de uñas de Mataró muestra la fotografía de Jana Sterbak Cones on Fingers [Conos en los dedos] –en la que los dedos de una mano se ocultan bajo unos divertidos conos a modo de zarpas de juguete–,la comisaría de la guardia urbana de Tarragona exhibe las fotografías Splitting [Partición] de Gordon Matta-Clark y Sant Just Desvern de Ana Muller, que capturan estados imperfectos o ruinosos de edificaciones urbanas ­­––un hogar de clase media cortado a la mitad, a modo de crítica sobre la especulación y la propiedad privada, en el caso del famoso building cut de Matta-Clark; un enorme chalet en construcción, en la fotografía de Muller, quien imprime una mirada documental y analítica en la arquitectura como modelo de crecimiento urbano—. También encontramos múltiples marquesinas de bus en Santa Perpètua de Mogoda que recogen alegorías al tránsito en fotografías de Jordi Benito, Carmen Secanella y Allan Sekula o el vídeo de la acción El nido de Pepe Espaliú en el Hospital General del Mollet del Vallès, donde se visibiliza la lucha personal del artista contra el sida. Finalmente, podemos terminar este juego de guiños y semejanzas en el Mercado Municipal de Vilanova i la Geltrú, donde se repartían hasta finales de julio postales de la obra Santa Comida de Miralda.

!!! Vista de la obra The Joycean Society, de Dora García, en la Biblioteca de Catalunya. Foto Miquel Coll

Vista de la obra The Joycean Society, de Dora García, en la Biblioteca de Catalunya (c) MACBA

Salvo contadas excepciones, Un museo fuera del museo adopta un lenguaje curatorial un tanto superficial, tramado por una serie de sutiles gestos de interiorismo que poco revelan de la colección del MACBA. Su «dispersión» se transforma ahora en atomización espacial e inconexión discursiva. La complejidad brilla por su ausencia y las piezas vienen a subrayar la función social o comercial del lugar de hospedaje bajo una pátina de diversión formativa. Así pues, la apuesta curatorial orbita en torno a lo «casual» y «directo» del encuentro con el arte, que nos sorprende en «lugares insospechados» para promover una vivencia «próxima» y «espontánea» de las obras, invitándonos a disfrutar de la experiencia estética de varias fotografías mientras te cortan el pelo o mientras bebes un flat white. Si bien asumimos como necesario el ejercicio de acercar el arte contemporáneo a la sociedad y difuminar así los límites del museo, cabe preguntarse: ¿cómo articular este deseo sin, precisamente, señalar —o incluso ensanchar— la brecha entre la institución y el afuera? ¿Cómo evitar la simplificación discursiva y el reduccionismo estético: el monólogo de la obra con el espacio? ¿Con qué obras contar para un proyecto con estas pretensiones? En este punto cabe mencionar la homogeneidad formal de las piezas escogidas –obra fotográfica en su gran mayoría–, a pesar de que la máxima curatorial insiste en democratizar el arte a través de múltiples formatos y compartir la riqueza y variedad de esta «colección de todos».

Detengámonos aquí un momento: ¿arte de todos?, ¿para todos? Quizás sea conveniente en este caso recordar la verdadera naturaleza de la colección y del museo, estructurado bajo la forma de un consorcio institucional que incluye agentes públicos y privados: el Ayuntamiento, la Generalitat, el Ministerio de Cultura y la Fundación del MACBA (la «pata» del museo sostenida por empresarios). Nos referimos a una institución que se inauguró en 1995 con piezas de la colección de la Fundación la Caixa, que más tarde se integrarían dentro de la propia colección del MACBA al firmar esta Fundación un acuerdo con la del MACBA para juntar ambas. Así, si bien la institución —modelo de gestión público-privada— alberga la colección y hace usufructo de ella, su propiedad es exclusiva de la Fundación MACBA —entidad de titularidad privada—, que podría reubicarla «fuera» del museo en cualquier momento.

Salvo contadas excepciones, Un museo fuera del museo adopta un lenguaje curatorial un tanto superficial, tramado por una serie de sutiles gestos de interiorismo que poco revelan de la colección del MACBA.

Ahora que la institución hace gala de este «patrimonio compartido», habrá quien también se acuerde de cuando Manuel Borja-Villel, a cargo del museo en 1998, propuso crear una colección pública y relegar a un segundo plano la colección privada. La respuesta fue un no rotundo. Con esta estela de hitos fundacionales, convocar el fantasma de lo público, bajo la retórica de la interacción cultural extramuros, parece una intentona por querer metabolizar ciertos traumas institucionales no resueltos. No nos olvidemos del conflicto de «Las Agencias»: en sintonía con toda una serie de protestas anti-globalización, este proyecto —apoyado por la institución— se propuso articular comunitariamente una respuesta al conjunto de manifestaciones contra la cumbre del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional en Barcelona, que terminaron disueltas por cargas policiales. Las pelotas de goma lanzadas por las fuerzas de seguridad fracturaron violentamente los ventanales del museo, evidenciando así una clara crisis entre la experimentación institucional, los activismos y la comunidad. Parece igualmente imposible ahora olvidarse de la pugna mantenida desde hace décadas entre la institución y los vecinos y vecinas del barrio: una serie de tensiones y negociaciones por el disfrute del espacio público que han hecho de la Plaza dels Àngels un auténtico territorio en disputa —reclamado por la comunidad vecinal en cada operación institucional desde su nacimiento— y que se extienden hasta el presente con el inicio de las obras de la ampliación del museo, todavía por finalizar. El lema «un museo fuera del museo» en este caso se torna literal, bajo la imagen de una marea creciente que avanza hasta las orillas de la cafetería de especialidad.

Atendiendo a los cimientos y genealogía del museo, una cosa queda clara: la naturaleza del proyecto entra en conflicto con la propia genética de la institución —su pasado, presente y futuro cercano—. También parece entrar en colisión con los propios designios de la muestra, llamada a favorecer una mayor accesibilidad cultural a lo largo y ancho del territorio catalán, pero diseñada desde la retaguardia, como un ejercicio cosmético de orden político. Y es que, si nos fijamos en la cartografía trazada por Un museo fuera del museo, comprobaremos que las obras han ido a parar precisamente a los municipios y regiones donde existen más instituciones, recursos y programación artística, afianzando así el mapa de densidad cultural de Cataluña en lugar de conseguir el efecto contrario.

Vista de la obra Sant Just Desvern, de Ana Muller, en la Comisaría de la Guardia Urbana de Tarragona

Vista de la obra Sant Just Desvern, de Ana Muller, en la Comisaría de la Guardia Urbana de Tarragona (c) MACBA

A modo de expiación institucional, se ha hecho coincidir esta propuesta con el 30º aniversario del museo para maquillar (y de esta forma ocultar) algunas tareas pendientes y deudas del pasado. Ciertamente, el MACBA representa un modelo de institución que no ha cuajado en el tejido ciudadano; un museo que ha vivido durante décadas a expensas de lo que sucedía en el resto de Cataluña, pero que ahora incide en su vocación social, liberando sus fondos —algunos, pocos, no muy lejos y en forma de copias— durante un par de meses. Un semejante propósito parece perseguir la muestra Y, DE REPENTE, EL AZAR. Incertidumbres, destinos y casualidades en la Colección MACBA, que también se incluye dentro del programa del aniversario del museo y que itinera desde finales de 2025 (y hasta inicios de 2028) por múltiples municipios de Cataluña.

En resumen, el periplo de la colección ha resultado finalmente muy limitado, el viaje de las obras muy escueto en el tiempo, los diálogos hilvanados algo pobres y anecdóticos... ¿Cuál es entonces el potencial del proyecto, más allá de su carácter lúdico y festivo (y marketiniano)? ¿Dónde queda ese «afuera»del museo y en qué medida la institución dialoga con él? ¿Se trata en realidad de una ilusión óptica o quizás de una promesa de futuro? Poco después de que este proyecto expandido se contraiga y retorne a la matriz, revirtiendo el efecto centrífugo del museo, terminarán las obras de la ampliación del MACBA. Ya no habrá skaters ni tampoco piezas repartidas por doquier. Será entonces cuando la institución pueda acercarse a la cafetería de especialidad —más próxima al museo si cabe— para soplar apaciblemente sus velas en una cookie de pistacho. Por el momento, disfrutemos del trajín de obras y el arte democratizado, aquí y allá.

Un museo fuera del museo (19/06/26 - 30/11/26)
Martí Manen (comisario)
Centros de Artes Visuales de Catalunya

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