Valentín Roma (Ripollet, 1970) es escritor, historiador del arte y doctor en Filosofía. También, el nuevo director del Museu d'Art Contemporani de Barcelona (MACBA), institución de la ya fue jefe de Colecciones hasta 2015 y de la que fue cesado (junto a Paul B. Preciado) a consecuencia de la polémica ocasionada por la exposición La bestia y el soberano. Ahora regresa a la institución después de dirigir durante nueve años La Virreina Centre de la Imatge. Pocos días después de su presentación oficial, conversamos con él sobre políticas culturales, esperanzas institucionales y sus planes para el centro barcelonés.
Galope ¿Queda alguna esperanza para «el museo»?
Valentín Roma Sí, sobre todo en el contexto que se avecina: de falta de libertades y de persecución de la disidencia. En este contexto, el museo tiene que estar ahí: no nos podemos permitir sacarlo de la ecuación; de la producción de una subjetividad crítica o de una sensibilidad desobediente con los diferentes statu quo. Los que hay y los que se avecinan.
Por otra parte, el museo también hay que sacarlo del vaciamiento intelectual al que ha estado sometido. Tenemos que salvarlo de eso y reactivarlo mediante ideología e intelectualidad.
Me parece un peligro —entre los diferentes peligros— que la institución se decline… se narre todo el rato con una especie de lengua franca, general, intercambiable: la lengua franca de las buenas intenciones, de los pequeños remordimientos morales. De la clase media sentimental o de la sentimentalidad de clase media, que en cierta forma coincide con los establishments artísticos.
G En tu discurso de presentación decías que la programación no puede ser un mero reclamo para contabilizar visitantes, pero a la vez que reconocías que, en el último año, el MACBA ha tenido un número de usuarios insuficientes. ¿Cómo se solventa esta tensión? La de mantener una cierta complejidad —una cierta dificultad— siendo a la vez conscientes de que la institución no puede plegarse sobre sí misma.
V Cada museo es un caso particular. En el caso del MACBA, nos preguntamos qué ha pasado con esos cien mil visitantes que hemos perdido durante los últimos seis años. En un museo de nuestra escala, esos usuarios suponen una generación de recursos que nos permitirían solventar muchas situaciones. Dicho de otro modo, cuanto más débil y sufragado estás por las estructuras políticas, menos independencia tienes respecto a esas estructuras. Imagina que ciertos partidos de ideología xenófoba y homófoba entren de lleno en la gestión de la cultura.
Cada institución tiene unos marcos de audiencia que le otorgan atención, soberanía económica y posicionamiento público. Pero no por eso hay que convertir los museos en mercadillos de tendencias. Hay que encontrar un equilibrio para ni estar a merced de los vaivenes políticos ni llenar las instituciones con blockbusters genéricos. En el caso concreto del MACBA, todo esto se concreta en cien mil personas. Regresando a los trescientos mil usuarios anuales, la institución estaría en un punto menos riesgoso desde el punto de vista de la dependencia administrativa. Y, al mismo tiempo, situaríamos a la institución en un punto de atención y de uso colectivo diferente.

De izquierda a derecha: Jordi Martí, secretario de Estado de Cultura; Ainhoa Grandes, presidenta de la Fundación MACBA; Valentín Roma, director del MACBA; Xavier Marcé, concejal de Cultura e Industrias Creativas; Josep Maria Carreté, secretario general del Departamento de Cultura (c) MACBA
G Y esos cien mil visitantes que «faltan», ¿a dónde se han ido?
V El 35,65% de nuestra audiencia procede de nuestro contexto; es decir, Barcelona, Cataluña, España. Y el 64,35% son gente extranjera. La diferencia es muy grande y, como mínimo, deberíamos estar en un cuarenta de público próximo.
Hay gente de nuestro contexto que no visita el museo; y ahí está una parte de esos cien mil. Otros se han ido a otras instituciones de la ciudad: instituciones más pequeñas que el MACBA que en los últimos cinco años han tenido unas audiencias seguramente impropias para su tamaño. ¿Cuál es el plan para recuperarlos? No es fácil, pero creemos que muchos regresarán si les ofrecemos una programación más reconocible, un programa más singular. En tres años, para el 2029, deberíamos estar en doscientos sesenta mil. Estaremos muy atentos a los cambios de tendencia para ver si estamos dando con la tecla adecuada: para ver si hemos entendido qué es lo que debemos ofrecer. Y si no lo logramos, puede que debamos poner en suspenso muchos de los procedimientos y de los relatos que estamos haciendo.
La colección de un museo puede trabajarse como «un inventario»; pero también desde otra posición, con otra escala, estableciendo tensiones con el gran relato y preocupándonos al mismo tiempo de ese otro relato que no existe (el micro, el desapercibido).
G En la rueda de prensa también dijiste: «Cuando el MACBA ha abierto vías imprevistas y se ha insubordinado frente a los automatismos teóricos, cuando se ha ausentado de las tendencias intercambiables que vacían intelectual y políticamente las instituciones, el MACBA ha sido un museo incisivo y a la vez decisivo». ¿Cuándo sucedió esto?
V Han sido muchos momentos. No ha sido solo una época. Se tiende a leer los museos desde las direcciones, pero no es exactamente así. Por ejemplo, hay un momento en los 2000 en el que varios museos europeos —no solo el MACBA— deciden releer sus memorias. Dicen: no queremos ser el MoMA; queremos releer nuestras propias microhistorias, queremos hacer otro tipo de exposiciones, queremos impugnar ese tipo de estructuras más amplias.
Esto no pasa solo en Barcelona, pasa en muchos sitios, o pasa en varios sitios del contexto europeo: en una generación determinada de direcciones, pero también en una generación determinada de instituciones. Creo que ahí ocurrió un momento de insubordinación.
También creo que hubo un momento importante cuando el MACBA colocó la teoría crítica de género, por llamarla de algún modo, en el centro de sus operaciones. Fue aquel momento de la escena post-porno que transformó Barcelona y unió a gente que procedía de las universidades, pero también de formas activistas no regladas. Ahí la institución decidió darle centralidad productiva, discursiva y programadora a una serie de disidencias que no carecían de la visibilidad que hoy tienen.
También, cuando abrió una vía de análisis crítico sobre artistas no europeos que se reflejó en la colección, artistas que en aquel momento eran totalmente desconocidos y que acabaron formando una línea muy importante en la identidad de nuestro museo.
Es decir, no me refiero a direcciones. Estos momentos se han dado en cuatro o cinco direcciones diferentes. Un museo de este tamaño, esta escala, o se plantea esa audacia de abrir un espacio de atención distinto o quedará subsumido por las tendencias globales.

Valentín Roma fotografiado por Miquel Coll (c) MACBA
G Tengo la impresión de que hablas del MACBA como un museo pequeño.
V Es un museo mediano. Tiene cuatro mil metros cuadrados, que no es tanto espacio. Una arquitectura muy de principios de los noventa, donde mucho espacio no tiene uso expositivo. El presupuesto es de trece millones.
También es un reflejo de una ciudad. Barcelona tiene un cosmopolitismo muy particular. Vas por la calle y encuentras a gente que conoces, algo que ya no pasa en ciudades un poco más grandes. No es Los Ángeles, no es Ciudad de México; es una ciudad pequeña con una escala pequeña. El MACBA, para mí, es un museo que aún tiene un tamaño dimensionable. Hay museos en los que lo que pasa en una esquina no se nota en la otra. Son microestados, con sus propias arquitecturas, sus propias clases sociales, diferencias económicas y sus variedades ideológicas. Yo creo que el MACBA es un museo de otra naturaleza.
G Por pequeño que sea, es un museo: una institución generadora de canon. Dijiste en la presentación que querías «contener las andanadas de la historia mayúscula, la terrible imposición de uniformidad». ¿Cómo?
V Me parece interesante que podamos conversar sobre cómo una institución, que no deja de ser una máquina de generar, fijar —pero también de expulsar del canon— puede realmente —no como una apariencia, sino de manera efectiva— colocarse en una posición minúscula. Una institución puede, por ejemplo, fijarse en artistas que tienen otra posición respecto a los relatos del arte; combinar en su programación muchas sensibilidades y prácticas.
Un museo puede atender a zonas que conforman un estado de la cuestión o puede atender a parpadeos, a cosas que ni siquiera devienen como parte del relato. Personalmente creo que al museo se le debe exigir la capacidad de enseñar aquello que no conocemos. Lo pequeño, lo invisible, lo desatendido.
Y sin que esto se enuncie como un acto de justicia; como diciendo: no le habéis hecho suficiente caso, así que ahora os lo traemos.
G La manía de la «recuperación». De «saldar la deuda».
V Exacto. Hay prácticas que no están pensadas para el museo a las que el museo debe hacer el ejercicio de «mirar». No «rescatar», no «impugnar»: las toma y las pone ahí, en medio de otras centralidades. De la colección, por ejemplo.
La colección de un museo puede trabajarse como «un inventario»; pero también desde otra posición, con otra escala. Leerla desde eso que ahora se llama «lo situado»; yo prefiero «lo micro», a la manera de los historiadores italianos (Carlo Ginzburg, Cipolla…). Estableciendo tensiones con el gran relato y preocupándonos al mismo tiempo de ese otro relato que no existe (el micro, el desapercibido).
El museo también tiene que salir del... ¿cómo diría?, ¡los museos tienen que dejar solo de hablar de los museos! No podemos exponer solo a artistas que hablan del museo, que hablan del Arte…
Las direcciones de los museos dicen —tranquilamente y sin ningún tipo de conflicto— que se dedican a cuestiones que tienen que ver con el género, con la raza y con la clase, como si fuese una especie de hashtag, sin entender la complejidad política y las luchas históricas que hay detrás de esas palabras. Me incomoda esa especie de apropiación del heroísmo ajeno y colectivo.
G Vuelvo a citarte. Querías que el MACBA abandonase la deriva del slang, que dejase de hablar la jerga propia del arte.
V Tengo que decir que estoy escandalizado por cómo el museo se enuncia políticamente. Por ejemplo, con que las direcciones de los museos digan así —tranquilamente y sin ningún tipo de conflicto— que se dedican a cuestiones que tienen que ver con el género, con la raza y con la clase.
Lo dicen así, como si eso fuese una especie de hashtag, sin entender la complejidad política y las luchas históricas que hay detrás de esas palabras. Me incomoda esa especie de apropiación del heroísmo ajeno y colectivo. Creo, honestamente, que ese uso —ese abuso— está incidiendo en la visión política de las instituciones. Es decir, que la institución opera en muchos casos como una editorial trendy.
Y eso es un desastre. A las personas que dirigen los museos parece no importarles usar una terminología mainstream y profundamente neoliberal. Parece no importarles transformar conflictos históricos complejos en una especie de… bueno… en una lista de checks.
¿Qué quiere decir que un museo se dedica a la clase? ¿Qué es la clase? ¿Qué es dedicarse a la clase? ¿Invitar a Rosalía o a C. Tangana a que le canten a un cuadro? El vaciamiento ideológico me parece tan pernicioso como el discurso reaccionario.
G Al MACBA se le reprocha su falta de interlocución con el lugar donde se ubica. Antes me has dado un dato bastante elocuente: ¿puede una institución que visitan menos del 36% de sus vecinos dormir con la conciencia tranquila?
V Esto es casi una primicia, pero vamos a abrir una línea dedicada al derecho a la ciudad y vamos a trabajarla en diferentes formatos: programas públicos, exposiciones, educación, publicaciones, etcétera. En el año 2030 haremos una exposición (con programas públicos relacionados) sobre una efeméride que quizás se ha pasado por alto pero que para nosotros es muy significativa. Se cumplen cincuenta años de que Narcís Serra encargó a Lluís Clotet y a Oscar Tusquets, junto a un equipo de colaboradores, un plan llamado «Del Liceu al Seminari»; un plan que revisó todo el uso de los espacios culturales del Raval. De alguna manera, a partir de ese plan nace el MACBA, el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB); y posteriormente la universidad.
Mi impresión es que tenemos pendiente con el barrio un proceso de restitución. No solo nosotros sino esa idea de la ciudad higienista, socialdemócrata, cultivada en instituciones culturales del gusto de la clase media alta de los ochenta y noventa en Barcelona.
El MACBA es un elemento que nos habla de una concepción de la ciudad. Luego, hay muchas particularidades. Por ejemplo, ¿por qué el MACBA suscita una situación más conflictiva que otras instituciones que nacieron con el mismo propósito y la misma voluntad? Pero bueno, creo que la cuestión del territorio, en el caso del MACBA, es básica. Tenemos que cambiar nuestra relación con el entorno, esto lo tengo muy claro.
En este sentido, creo que los lenguajes del arte —los proyectos del arte— no sirven para un proceso de conflicto urbano. También, pienso que las ciudades interesantes están llenas de conflictos. Esto no es una salida por la tangente. Si lees Delirious New York [Delirio de Nueva York], que es el manifiesto que Rem Koolhaas se escribió en el año 78 sobre Nueva York, lo que decía era esto, ¿no? Nueva York es la ciudad más caótica del mundo: transgrede todas las normas básicas del urbanismo, genera unas desigualdades acojonantes y, sin embargo, es una de las ciudades más palpitantes del mundo.
Mi impresión es que tenemos pendiente con el barrio un proceso de restitución. No solo nosotros sino esa idea de la ciudad higienista, socialdemócrata, cultivada en instituciones culturales del gusto de la clase media alta de los ochenta y noventa en Barcelona.
Las tensiones, los conflictos sociales, se gestionan en otros lugares: ni haciendo un workshop ni anunciando un plan de medidas en todos los medios de comunicación. Creo que nosotros tenemos que abrir un diálogo para el que necesitamos comprender muy bien el Raval, que tiene un montón de sensibilidades políticas, ideológicas y económicas; un montón de conflictos que debemos entender para saber dónde estamos. Para eso también necesitamos tener un retrato de lo que somos para el barrio, un retrato que seguramente no nos va a gustar; que a veces no será demasiado proporcionado, pero que es importante. No podemos negar el conflicto, pero tampoco hablar del Raval como si todo el rato estuviésemos amortiguando golpes; también tenemos la responsabilidad de emitir. Y este proceso debe hacerse en un marco distinto al de los lenguajes del arte.
Por otra parte, tenemos que pensar en las poblaciones flotantes que cada día cruzan el barrio. Hay tres universidades, doscientos institutos, trescientas escuelas de idiomas… Gente que sería absolutamente fundamental para nutrir las instituciones, para interactuar con ellas, para perfilar formas de institucionalidad en el futuro. Esta gente atraviesa todos los días la Plaça dels Àngels y no sé si tenemos interlocución con ellos.
¿Qué quiere decir que un museo se dedica a la clase? ¿Qué es la clase? ¿Qué es dedicarse a la clase? ¿Invitar a Rosalía o a C. Tangana a que le canten a un cuadro? El vaciamiento ideológico me parece tan pernicioso como el discurso reaccionario.
G ¿Cómo vais a hacer para articular toda esta gigantesca producción de pensamiento que se intuye debajo de lo que me estás contando?
V No te imaginas cómo es la gente que trabaja en el MACBA. Los que trabajan en este museo tienen una conciencia muy fuerte de lo que está pasando en el mundo y de lo que pasa en el barrio. Los equipos de educación, programas públicos, sostenibilidad, radio web… trabajan con unas variables críticas súper rigurosas. Con un rigor en lo que podríamos llamar una visión activista del trabajo. Eso también forma parte de las complejidades de las instituciones. La institución puede generar daño, erosión, dolor, y también, al mismo tiempo, la institución puede integrar sensibilidades muy combativas y muy consecuentes.
G Lo preguntaba por si tenías pensado constituir algún centro de estudios.
V No. Vamos a hacer un programa con unas líneas de trabajo muy claras a las que el público pueda añadirse. Venir a un seminario, a una exposición; a comprar un libro, a un programa educativo; a escuchar un programa de radio. Todas ellas nos van a permitir complejizar una línea de intencionalidad que era estrecha. Ensancharla.
La institución puede generar daño, erosión, dolor, y también, al mismo tiempo, la institución puede integrar sensibilidades muy combativas y muy consecuentes.
G No me gustaría terminar la conversación sin preguntarte por qué has querido ser director del MACBA.
V En realidad, no sé cómo decírtelo, me interesa mucho más llevar a cabo un proyecto en un museo como el MACBA que ostentar un cargo determinado. Estos equipos, esta escala y esta ciudad proporcionan al museo unas particularidades que encuentro difíciles de hallar en otro sitio. No sé cómo explicarlo mejor. La vanidad no la tengo en el arte, te lo aseguro. Quizás en la literatura, pero no en el museo, donde se trabaja con condiciones, con parámetros, con ideas tentativas.




