Dentro de un antiguo taller de reparación de coches, reformado para ser una galería de arte, Eulàlia Rovira (Barcelona, España, 1985) nos propone desorientar la mirada para reentender la arquitectura que nos rodea en su exposición individual Clin. No es ninguna novedad: las periferias de las capitales culturales están llenas de estos espacios reconvertidos en lugares para «lo contemporáneo»; y reflexionar sobre ellos parecería conducirnos por caminos trillados. Con todo, Rovira nos propone unas meditaciones artísticas que insisten en verlos desde nuevos ángulos y con referencias arraigadas en su contexto.
A través del breve texto que acompaña la exposición, la artista nos invita tímidamente a un juego que no ofrece muchas pistas ni instrucciones, pero en que se puede ir siguiendo un laberinto de geometrías, giros y una espiral. Rovira explica que como le faltaban las herramientas adecuadas para hacer cortes curvilíneos, acabó cortando líneas rectas. Y que cada recorte recto forzado terminaba por desprender al aire un polvo fino que acaba cayendo y llenando el espacio con finas acumulaciones microscópicas que, en esa escala, imposibilitan el «corte perfecto». O, dicho de otro modo, que todo corte recto está lleno de curvas. Tomando esto en cuenta, podemos entender su exposición como una gran ampliación de este fenómeno, en la que una serie de elementos muestra distintos estados de desgaste.
Entre los objetos, los más voluminosos son cinco pentaedros que descansan contra la pared. Son formas extrañas, hechas de manera manual por la artista: las evidentes capas pulidas de material nos revelan una intención de crear ángulos perfectos, la frustración que acompaña esta búsqueda y la posterior aplicación de material para crear uniformidad postiza.
Antes de entrar en la sala principal, la obra ya recibe al espectador. Flores amarillas secas cubren el pasillo; arrastradas por el viento o por los pies del público, han encontrado recovecos y rincones donde quedan atrapadas. Allí se descomponen lentamente, secándose y llenando los ángulos previsiblemente rectos en los que se unen las paredes con el suelo. Este es el terreno donde Rovira indaga: en la entelequia de ángulos perfectos que solo existen dentro del render arquitectónico y que se degradan tan pronto se construyen. La artista repite el gesto del giro tanto en forma de collage como de escultura para reinterpretar lo que vemos.

Vista de sala de la exposición Clin (c) galería EtHALL
El espacio de la galería, lleno de irregularidades y coronado por un entramado de travesaños de madera, sirve a la artista para proponer un juego de giros conducidos por lo que sobra y lo que falta. El rastro de flores amarillas por el suelo frena su arbitrariedad en unas líneas estrictas: elevando la mirada parecería que las «restantes» fueron interceptadas por el grosor de las vigas, donde aún apreciamos que reposan algunas. Debajo se distribuyen una serie de objetos e imágenes hilvanados por las mismas florecillas. Entre los objetos, los más voluminosos son cinco pentaedros que descansan contra la pared. Son formas extrañas, hechas de manera manual por la artista: las evidentes capas pulidas de material nos revelan una intención de crear ángulos perfectos, la frustración que acompaña esta búsqueda y la posterior aplicación de material para crear uniformidad postiza.
Asimismo, estos pentaedros forman un diálogo entre sí mediante un juego de lados. A cada forma le falta alguno —el pequeño, el mediano, el más largo—, por los que podemos ver el interior de la pieza . La exposición no explica este detalle, pero la artista asegura que un lado representa las dimensiones de su escritorio y otro el colchón de su cama. Vistos así, parecería que empiezan a balancearse y relacionarse con el espacio mediante un pequeño baile de la cotidianidad : como un cuerpo que no parara de revolcarse . Esto lo apreciamos, claro, si tenemos la suerte de que la artista nos lo confiese, ya que la exposición no informa al visitante de estas sutilezas que evocan el ángulo del descanso y el trabajo; reduciéndose, en su propia parquedad, a un juego formalista de geometrías.

Abans que res [Antes que nada] (2026), Eulàlia Rovira (c) galería EtHALL
En las paredes, unas obras de collage instaladas en el muro y del tamaño aproximado de una página despiertan una sensación de vértigo. Están construidas a partir de fotografías tomadas de los ángulos de la galería que la artista ha recortado para armar con ellas espacios imposibles. A primera vista, no es evidente que estén tomadas en el mismo espacio en el que se presentan; pero la pintura desconchada y las irregularidades de la pared pronto se advierten familiares.
Las referencias al conceptualismo local son de agradecer en tiempos en que las referencias aotras generaciones se pierden detrás del ruido cotidiano, pero al mismo tiempo es difícilencajar la exposición con los temas urgentes de la contemporaneidad.
Clin despliega un posible juego de referencias. Primero, pienso en el pabellón español de Ignasi Aballí en la Bienal de Venecia: el artista advirtió un error de inclinación en la arquitectura del edificio respecto a los pabellones vecinos de otros países; su propuesta lo corregía (girando los muros de su interior diez grados) al tiempo que volvía esta desviación totalmente evidente. También pienso en 3 Punts 3 [3 Puntos 3] (1973) de Àngels Ribé, quien creó geometrías a partir del cuerpo, el muro, el suelo y su sombra. Con ellas en mente, Rovira se anclaría firmemente dentro del linaje del arte conceptual catalán, en una tradición en la que el baile de estructuras se ha usado como referencia corporal y como un recurso para la crítica a la arquitectura como vehículo del poder.
Aquí la fórmula que nos ofrece Rovira: tiempo, arquitectura, lenguaje, jerarquía. Las referencias al conceptualismo local son de agradecer en tiempos en que las referencias a otras generaciones se pierden detrás del ruido cotidiano, pero al mismo tiempo es difícil encajar la exposición con los temas urgentes de la contemporaneidad. Intenta provocar preguntas con un texto que no suma más de doscientas palabras, que resulta insuficiente. Quizás podría pensarse desde la frustración latente por la vivienda que está explotando por todo el país, o como una llamada a mirar todo de otra manera. Para entrelazar todas estas líneas, es necesario darle la generosidad que la exposición en sí no ofrece al espectador, y una cierta suspensión voluntaria de la incredulidad para poder imaginar e investigar a partir de pocas pistas.
Clin (17/09/26 - 31/10/26)
Eulàlia Rovira
EtHALL (Barcelona)



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