Podemos vencerlos con hermosos experimentos

Duen Sacchi

Podemos vencerlos con hermosos experimentos de Duen Sacchi

El arca del silencio

La primera persona singular ha sido una estrategia histórica de las comunidades transfeministas, lesbianas, maricas, travestis, no binaries, chicanas, indígenas, hijos, negras, quilombonas, populares, villeras, marronas, queers/cuirs, migrantes, y un largo etcétera en nuestro continente. Ese «yo» es un articulador de experiencias comunes que muchas veces no tenía otra manera de conjugarse. Su posibilidad era excluida de forma total, socialmente, políticamente, económicamente, históricamente de miles de maneras. Ese «yo» es un aglutinador de comunidades posibles. Una fuerza imparable.

La lucha no es por la palabra, es por enunciarnos sin ser despojados. La última frontera del capitalismo voraz es tomarnos las palabras: no es casual que las mayores inversiones del mundo sean para entrenar procesadores textuales. El capital actual rápidamente notó la potencia de ese «yo» que crea comunidad y desde los años sesenta del siglo pasado (y probablemente antes), se dedicó a lograr cercar esas comunidades significantes. Si lograba que esas identidades comunes se volvieran fondos comunes de mercado, eso era un win-win. No lidiar con los cuerpos hablantes es una prerrogativa que se lleva a cabo desde hace más de cincuenta años. Las desapariciones masivas en todo el continente son una expresión de esto. La frontera material del cuerpo que sostiene las palabras, el aliento afectivo que las emana, la emoción que provoca la enunciación de un cuerpo cercano eran algo que había que eliminar para poder monetizar. El tecnocapital se preguntó: ¿Cómo controlar el poder de la enunciación de un «yo» que imagina comunidades emancipatorias, sin lidiar con los efectos sociales, penales y políticos de la destrucción de cuerpos y poder a su vez acumular cantidades ignominiosas de capital para unos pocos? Algo de eso estamos viviendo ahora.

En una situación planetaria de represión social generalizada buscamos formas de hablar y sostenernos: esos son nuestros modos productivos del silencio. Una postura muy diferente al silenciamiento que el capital —que todo lo ve y todo lo toma— instaura con crudeza en medio de una lucha descarnada. El capital impone así una de las formas más brutales de naturalización de la violencia: callar y hacer callar. Me pregunto qué tememos: ¿qué es exactamente lo que no se puede decir?

El tecnocapital se preguntó: ¿Cómo controlar el poder de la enunciación de un «yo» que imagina comunidades emancipatorias, sin lidiar con los efectos sociales, penales y políticos de la destrucción de cuerpos y poder a su vez acumular cantidades ignominiosas de capital para unos pocos? Algo de eso estamos viviendo ahora.

Las palabras rebeldes

Mientras participaba de inauguraciones y eventos de arte, recorría muestras en museos por mi ciudad, Buenos Aires, este extraño lugar al fin de un mundo, me encontraba una y otra vez con la misma conversación alrededor de la extrema precariedad laboral de artistas y gestores; me expresaban el temor sobre qué podían decir o no, preocupados por no complicar las situaciones endebles de las instituciones y sus trabajadores, lo cual podría afectar el trabajo de otres y el propio. A eso se suma el miedo a ser humillados en redes, expulsados de las propias escenas, entre otras cosas. También escuchaba recomendaciones de cómo poder comunicar sin levantar mucho polvo para poder seguir programando exposiciones. No como una preocupación laboral, sino como una preocupación más: la de lo que aún se podía seguir mostrando y, sobre todo, cuál era el discurso más adecuado para hablar de obras que contenían —en su forma, su contenido o su concepto— una lista de palabras prohibidas en las instituciones culturales del Estado argentino. Pero en las escenas del arte todos los actores somos interdependientes. Trabajamos en diferentes ámbitos a la vez, y la mayoría no solo en el arte y la cultura. Así, esta orden ministerial transmitida a los museos nacionales se fue trasladando a los otros ámbitos de una u otra manera. O simplemente se fue formando un lugar común entre los modos productivos del silencio: algunos permiten, en situaciones de extremo peligro, ciertas maneras de decir; otros imponen el silenciamiento simple y llano bajo amenaza de castigo.

Mientras participaba de inauguraciones y eventos de arte, recorría muestras en museos por mi ciudad, Buenos Aires, este extraño lugar al fin de un mundo, me encontraba una y otra vez con la misma conversación alrededor de la extrema precariedad laboral de artistas y gestores; me expresaban el temor sobre qué podían decir o no, preocupados por no complicar las situaciones endebles de las instituciones y sus trabajadores.

Hace un par de años ganaba Trump las elecciones en EE.UU. y yo arribaba a un museo pequeño en Nueva York. Los trabajadores que me recibían con amabilidad y cuidado, a la vez no podían disimular en sus rostros la preocupación que les había provocado no solo el resultado electoral sino los rápidos efectos de este en la escena artística e institucional local. La Mellon Foundation que había financiado y promovido el proyecto que se inauguraba en un par de días, había pedido no aparecer mencionada en ninguna comunicación, ni siquiera su logo en las paredes. Los textos, artistas y curadores de la exhibición no podían ser nombrados sin mencionar algún concepto de las listas de palabras prohibidas por la gestión Trump, básicamente éramos el abc de esas listas. Entonces las fundaciones y universidades auspiciantes preferían sacar sus poderosos nombres para evitar cortes de presupuesto y financiamiento, expresaban, al igual que en Argentina hoy, que así se podía seguir adelante con las actividades, calladites. Por supuesto el costo de esto recaía una vez más sobre los cuerpos de los propios artistas y gestores. La exposición se llamó Ficciones Patógenas, hacía referencia a mi propio libro y era curada por Stamatina Gregory y Georgie Sánchez. Todes les artistas participantes nos conocíamos de una u otra manera; en ese momento, no sé si todes lo supieron, y no sé si alcancé yo mismo a dimensionar lo que sucedía. No es que no entendiera la gravedad; me impactaba que esto sucediera hasta en el Leslie Lohman Museum of Art, un museo dedicado a la exhibición y al resguardo de colecciones de artistas queers. Daba escalofríos saber que aún en esas esferas de legitimación del arte parecía que no se pudiera más que angustiarse y seguir.

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Leslie Lohman Museum of Art (c) Daniel Terna

Hace unas semanas, Georgie Sánchez, escritore, curadore, historiadore del arte, y activista boricua, permaneció internado una semana hospitalizade, su cuerpo golpeado por el estrés debido a una encarnizada persecución ideológica hizo saltar sus cargas virales de VIH y le dejó en una cama de hospital. Todo comenzó mientras culminaba la edición del libro Rebel, Queer, Black and Activist Art [Rebeldes, Cuirs, negros y activismo en el arte]. Este libro, coproducido por el Leslie Lohman, contaba con la introducción de Sanchez y distintas participaciones escritas, entre ellas una conversación con Naomi Beckwith, directora artística de Documenta 16, y el artista Rashid Johnson. El libro gira en torno a las prácticas activistas y queer de artistas que forman parte de la colección de arte queer del Dr. Daniel Berger y en el mismo participan académicos especialistas en el tema como Tavia Nyong'o, que edita el libro póstumo de José Esteban Muñoz, The Sense of Brown/El sentido de lo marrón, la activista de Lesbian Avengers y escritora, Sarah Shulman, Greg Bordowitz de ACT UP, madison moore, Ayanna Dozier, Pamela Sneed, Joshua Allen, entre otrxs. El primer desacuerdo con el coleccionista fue por una oración en la introducción en la que Georgie Sánchez enunciaba el contexto social y político en el que había sido elaborada la edición del libro. Específicamente Sanchez, que participó en el campamento pro-Palestina de Princeton, se refería a las protestas en los campus universitarios contra el genocidio en Gaza, en medio de represalias, amenazas y detenciones. Ese fue el primer llamado de atención. Sanchez quería pensar el SIDA desde las prácticas de retención de suministros de medicamentos que Israel le impone a Gaza (tal y como lo mencionan numerosos reportes de la ONU). Se le exigió que quitara esa referencia. No quedó allí: también se le conmina a que quite de la conversación que modera con Naomi Beckwith y Rashid Johnson un párrafo en primera persona, esa primera persona por la que ahora las reglas del buen gusto hacen que las personas se disculpen por ser “autorreferenciales”:

Como persona que vive con VIH, la cuestión de cómo se transmite el conocimiento —tanto de manera horizontal como vertical, en un sentido muy a lo Hortense Spillers— tiene para mí un significado muy profundo, especialmente cuando pensamos en el grid (retícula) y el meme como formas de transmisión y de estructura. Así que reflexionar sobre lo que han dicho acerca de los movimientos de liberación negra y ponerlo en diálogo con las luchas de generaciones de nuestro holocausto del SIDA, y con lo que esas generaciones pueden ofrecer a las generaciones más jóvenes, especialmente a jóvenes negrxs y cuir/queer, me parece algo particularmente importante, urgente y conmovedor.

Ante la negativa de Sánchez a quitar las referencias y la comunicación del conflicto a les demás participantes del proyecto, el Dr. Berger, en su calidad de coleccionista privado y como parte del comité de adquisiciones del Leslie Lohman Museum, demanda a Sánchez ante la justicia federal. Lo hace por derechos de autor, buscando borrar al historiadore del proyecto del libro. En ese acto, le despoja de su trabajo y a su vez cumple con la prerrogativa de los regímenes neolibertarios actuales: capitalizar el cuerpo residual de la gestión neoliberal de la vida. Es decir, tomar la potencia cognitiva que colectiviza un cuerpo enfermo o queer o tullido o boricua o VIH positivo, capitalizarla y descartar su palabra, su voz, su cuerpo.

La demanda judicial llegó hasta exigirle judicialmente a la Universidad de Princeton, en donde Georgie Sánchez es becario doctoral, que entregue sus correos y comunicaciones electrónicas que contengan, entre otras, las palabras: «HIV/AIDS», «Gaza», «discriminación», «hostigamiento», «colección», «proyecto», «rebelde», y el nombre del libro «Rebel, Queer, Black and Activist Art», así como nombres de colaboradores y museos. Finalmente, con la salud destrozada, peligrando su trabajo académico, con asistencia legal, llega a un remanso, el arca del silencio amarra. Georgie Sanchez queda fuera del proyecto. En el mismo movimiento, el catálogo de la exposición Ficciones Patógenas es cancelado.

En ese acto, le despoja de su trabajo y a su vez cumple con la prerrogativa de los regímenes neolibertarios actuales: capitalizar el cuerpo residual de la gestión neoliberal de la vida. Es decir, tomar la potencia cognitiva que colectiviza un cuerpo enfermo o queer o tullido o boricua o VIH positivo, capitalizarla y descartar su palabra, su voz, su cuerpo.

El silencio es ensordecedor, pero la obediencia a las herramientas del amo, aún más. Los ahora ya cientos de artistas (muertos y vivos) involucrados en estos libros, exposiciones, colecciones: rebeldes, queers, negros, maricones, Stones butchs, trans, parchitxs, gordxs, sidóticos, exiliadxs, endeudadxs, y tanto más, ¿permitiremos, obedientes, que nuestras palabras y vidas sean puestas en listas de silencio?

Hace una década escribía en Ficciones Patógenas que la relación colonial constitutivamente necesita de la creación de ficciones lingüísticas (entre otras) que permitan su sostén en el tiempo para la dominación de lxs otrxs. No olvidemos que sabemos hablar en las lenguas de los frutos.

Ositos de peluche

En el espacio de arte La lengua, en Buenos Aires, se inauguró una muestra singular. Se exponía la colección de más de setenta peluches de la cronista e intelectual argentina María Moreno. Una sala rosa llena de peluches comprados por el dedo útil del cuerpo ahora tullido de María: un acto de emancipación, un gesto de acción sobre el mundo, un artificio para tocar el afuera. Los peluches llegaban a María por alguna de las empresas de plataformas distribuidoras de mercancías que acarrean obreros en bicicletas y motos. Al ver la colección de peluches desplegada a no más de 50 cm del suelo, recordé la tesis sobre el patriarcado del Osito Teddy de Donna Haraway. Haraway (1984) plantea la domesticidad de los procesos de dominación colonial a partir de ese juguete de apego; un objeto que parece inocuo, pero que contiene el relato simbólico de la dominación patriarcal y racista en la que se funda la democracia liberal de EE.UU. Pensé entonces si acaso no era esta colecta-colección expuesta en una galería un fruto mutante, una barricada contra el Osito Teddy yanqui. Una colección de enrarecida naturaleza, la única que existe. La naturaleza hecha de rellenos de vellón siliconado, felpa y piel sintética; tal cual, el cuerpo de cualquier tullido, trans o VIH positivo. Nuestra naturaleza.

(c) La Lengua_3

Colección de peluches de María Moreno (c) espacio La lengua

La colección también hace visible la mano del mercado, que llega en cuerpos cansados, con olor a sudor, ojos hundidos y prótesis luminosas en las manos. Hay algo común entre una silla para tullido y un repartidor: son cuerpos con ruedas, como los viejos peluches de felpa sin pelo que forman parte de la colección de María, sonriendo desde un cilindro de madera con ruedas decoradas con rayos de metal. El o la obrera repartidora puede parecer capaz de dejar sus ruedas, pero depende de ellas para su vida tanto como María. He ahí la maravilla del manifiesto de Moreno y su colección de significantes.

En Argentina, como en EE.UU., el Presidente Milei y todo el gobierno llevan por acción u omisión una cruzada brutal contra les tullides. No es la primera vez que sucede en el país, y tampoco es la primera vez que las personas con discapacidad, que actualmente han sido expoliadas de absolutamente toda asistencia digna de políticas públicas, se organizan, enfrentando en las calles a la represión policial, el silencio social y la incapacidad política.

Aún no consigo la lista completa de palabras prohibidas en los museos de arte en Argentina, pero cada persona con la que me he encontrado ha mencionado alguna que justamente le obligaba a retirarse, cancelar o inventar formas de decir sin decir.

Los peluches de Moreno, si bien son el mismo tipo de objeto al que refiere Haraway, al ser comprados por una tullida octogenaria y mostrados en pleno auge del fascismo del Osito Teddy, aparecen ante nosotres como una revuelta: muestran toda la cadena significante de la opresión actual, desde la labor material en una fábrica con salarios bajos y sin descanso, o en una casa de barrio popular sin protección social, hasta su conversión en mercancía y el silenciamiento lingüístico. Lo que no se puede hablar, María lo encarna en su propia habla al aparecer como coleccionista. Y al llegar en su silla de ruedas y leer en voz alta con su voz entrecortada por la dificultad en la modulación, da cuenta del objeto de esta, nuestra batalla; ella aún directora del Museo del Libro y de la Lengua, propone un levantamiento: esta vez los peluches levantan las banderas de un pueblo que está quedándose sin palabras, Moreno nuestra querida Comandanta.

La colección de peluches de Moreno nos devuelve una sensación siniestra: juguetes infantiles en medio de un espacio de adultos, donde no hay infancias, ositos de peluches huérfanos de infancias. Es inevitable no pensar en las niñas y niños, infancias, en Gaza que han sido masacradas. O ni hablar deaquí, en mi país, donde aún hay más de trescientos niños y niñas que fueron apropiados luego de asesinar y desaparecer a sus padres y madres, a quienes hoy no se les puede nombrar en los museos nacionales.

Aún no consigo la lista completa de palabras prohibidas en los museos de arte en Argentina, pero cada persona con la que me he encontrado ha mencionado alguna que justamente le obligaba a retirarse, cancelar o inventar formas de decir sin decir. Además de las que nos podemos imaginar como «feminismo», «colonialidad», «racismo», «SIDA», «cambio climático», también me susurran otras que aparecen en listas de mensajes enviados directamente desde la Secretaría de la Presidencia: «pueblos originarios», «comunidad», «comunitario», «colectivo», «adulto y adultas mayores», «trans», «travestis», «mujer», «mujeres», «diversidades», «lucha», «militancia», «feria del libro», «memoria» y la explícita orden de «ninguna marca de inclusión de género», entre ellas sobresale «infancias». No se puede usar la palabra «infancias». ¿Cuántos más ositos de peluche huérfanos necesitaremos para dejar de obedecer?

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