¿Qué ocurre con lo que queda expuesto y disponible «una vez que todo se ha dicho»? El título de la 39ª edición del Panorama da Arte Brasileira [Panorama del Arte Brasileño] parece formular una pregunta sobre los límites del propio lenguaje, pero también sobre aquello que ocurre cuando las categorías con las que hemos intentado describir el arte brasileño comienzan a agotarse. Curada por Diane Lima (Bahía, Brasil, 1986), Depois que tudo foi dito [Una vez que todo está dicho] reúne treinta y tres artistas de distintas regiones y generaciones a través de una hipótesis que es, también, una toma de posición: las transformaciones sociales y raciales de las últimas décadas (impulsadas entre otras cosas por las políticas afirmativas y las luchas por reparación racial) no solo han modificado quiénes participan del campo artístico brasileño, sino las formas mismas mediante las cuales el arte produce lenguaje, conocimiento y representación.
La exposición propone, así, ir más allá de una pregunta que durante mucho tiempo organizó las exposiciones de arte brasileño, específicamente el Panorama: ¿cómo representar Brasil? En su lugar, intenta observar qué ocurre cuando las prácticas artísticas desbordan los límites de la representación y producen otros modos de imaginar, percibir y conocer. La apuesta es necesaria, aunque durante su puesta en práctica descubramos que abandonar la representación nacional no significa necesariamente abandonar los regímenes de representación (esto es, su función como denuncia, evidencia y testimonio), sino desplazar sus márgenes para dar lugar a otras formas de sensibilidad y conocimiento que no pasan por la reducción a la identidad nacional.

Vista de la exposición Depois que tudofoi dito, en el Museo de Arte Moderno de São Paulo. (c) Ding Musa / MAM São Paulo
La pregunta que me interesa movilizar sobre la exposición no es, entonces, si consigue representar adecuadamente un Brasil contemporáneo, plural o transformado, o incluso en falla; sino qué sucede con la crítica cuando ya no tiene como adversario una imagen reconocible contra la cual articularse. El concepto curatorial —retomado de la filósofa Denise Ferreira da Silva— de la exposición parece anunciar cierta liberación respecto de las categorías que históricamente constriñen al arte brasileño: nación, raza, territorio e identidad. Pero varias de las prácticas reunidas aquí parecen plantear una dificultad adicional. No solo buscan producir otras imágenes; cuestionan las condiciones que hacen posible que algo pueda ser visto, nombrado, clasificado y finalmente representado.
Iagor Peres (Río de Janeiro, Brasil, 1995) plantea con HZ X (2026) un punto particularmente preciso. Su investigación parte de una pregunta aparentemente elemental: ¿cómo destituir la idea kantiana de «cosa» mediante procesos de categorización de la materia? En su práctica, la materia deja de ser un soporte pasivo al cual asignamos un significado para convertirse en aquello que desestabiliza nuestras propias categorías perceptivas. Así, la instalación escultórica comisionada para la exposición le permite a Peres seguir experimentando con los límites de la piel material con la que viene trabajando desde hace años —compuesta por elementos orgánicos y sintéticos dando por resultado un material de apariencia viscosa—, en esta ocasión, el material traslúcido y colorido cuestiona el significante racial atribuido a la piel, mientras que la expansión de la misma pareciera rechazar cualquier intento de cristalización identitaria asignada al cuerpo racializado.
Aquí la crítica ya no funciona como denuncia de una representación incorrecta. No consiste en sustituir una imagen por otra. Lo que se pone en crisis es el mecanismo de razonamiento que necesita separar las cosas para poder reconocerlas, es decir, la forma desde la cual entendemos la diferencia.
Aquí la crítica ya no funciona como denuncia de una representación incorrecta. No consiste en sustituir una imagen por otra. Lo que se pone en crisis es el mecanismo de razonamiento que necesita separar las cosas para poder reconocerlas, es decir, la forma desde la cual entendemos la diferencia. Esto puede resultar fundamental para pensar la exposición. Si la representación nacional podía ser criticada porque producía una narrativa y una imagen homogénea de Brasil, ¿qué ocurre cuando la crítica alcanza el régimen perceptivo que determina de antemano qué puede aparecer como un objeto, un cuerpo disponible o la propia diferencia sin separabilidad? El problema deja de ser qué representa una obra y pasa a ser qué operaciones de reconocimiento necesita nuestra mirada para que una obra pueda aparecer como tal sin recurrir a la separación, la dicotomía o la categorización.

Vista de la instalación Um dia vou voltar (2026) de Jota Mombaça como parte de la exposición Depois que tudofoi dito, en el Museo de Arte Moderno de São Paulo. (c) Ding Musa / MAM São Paulo
Algo semejante, aunque desde otro lugar, sucede con Um dia vou voltar [Algún día volveré] (2026), instalación de Jota Mombaça (Natal, Brasil, 1991). Su práctica articula poesía, teoría crítica, performance y ficción visionaria para ensayar el final del mundo tal como lo conocemos y la aparición de aquello que podría venir después del desplazamiento del sujeto colonial moderno de su pedestal. En esta primera aparición brasileña de la serie Ghosts [Fantasmas] (2022), Mombaça no propone simplemente imaginar un futuro alternativo. Retoma las ruinas marinas provocadas por la intervención humana para tensionar el duelo y los traumas coloniales del enfrentamiento al cambio climático. Doscientos veintidós metros de tela que contienen la impronta de diversos cuerpos de agua de Natal —ciudad de origen de la artista—, suspendidos en una estructura de metal en espiral, proponen desistir de la fantasía humana de control y dominio, mientras que las fuerzas ambientales se hacen presentes, en este caso, a través de la oxidación.
El trabajo de Mombaça supone una cuestión importante para la exposición: la imaginación no es solamente la capacidad de reproducir nuevas imágenes, sino de alterar las condiciones sensibles y epistemológicas que determinan qué puede aparecer como imagen, qué formas de existencia pueden dar testimonio del mundo y qué modos de conocimiento resultan reconocibles. Su gesto no supone ampliar los límites de lo representable, sino poner en cuestión la pretensión de que el mundo deba asumir la transparencia ante la percepción humana y la producción de sentido, o lo que es lo mismo, su total inteligibilidad. Allí donde la mirada moderna-colonial ha privilegiado la legibilidad y la separación como formas de conocimiento e intervención, la pieza abre la posibilidad de una relación con lo viviente fundada en la opacidad, el enmarañamiento y una sensibilidad que desborda lo humano como parte del proyecto colonial, racial y cisheteropatriarcal. Pero, ¿qué formas de pensamiento puede producir la crítica cuando aquello que intenta acompañar no se ofrece a la interpretación como un objeto disponible, sino que exige transformar las condiciones mismas de la escucha? ¿Cómo atender aquello que las aguas testimonian sin reducir su lenguaje a una evidencia que la mirada humana pueda descifrar? Si lo tomamos así, entonces la urgencia del Panorama que podemos reconocer en el trabajo de Mombaça no reside tanto en ampliar el repertorio de imágenes mediante las cuales el arte brasileño se reconoce a sí mismo, sino en preguntarse si la exposición puede modificar los regímenes de percepción que organizan ese reconocimiento; si puede alojar prácticas que no solo disputan quién tiene derecho a aparecer, sino que desestabilizan la propia medida de lo que puede aparecer, ser conocido y compartido.
¿Qué ocurre cuando una institución intenta reparar una historia de exclusión mediante la incorporación de aquello que antes había permanecido fuera de sus categorías? ¿Basta con ampliar la categoría?
También desde esta perspectiva es que la presencia de Moacir Soares de Faria (Goiás, Brasil, 1964) adquiere una fuerza particular. «Todo lo que se ha escrito sobre Moacir está mal dicho», me comenta Diane Lima en una conversación que tuvimos previo a la inauguración de la exposición. Y es que sobre Moacir se ha dicho curatorialmente que su arte bruto, o arte naïf, viene de toda «la potencia mágica del inconsciente», o bien, de sus estados alterados de conciencia. Diane agrega que el texto curatorial que se ha escrito previamente sobre su arte produjo una narración patologizante sobre Moacir y su vida a manera de hacer de su sordera congénita y la precarización estructural del Brasil rural como condicionante, un diagnóstico que le designa una identidad con fines de representar una categoría.

Obra de Moacir Soares de Faria como parte de la exposición Depois que tudofoi dito, en el Museo de Arte Moderno de São Paulo. (c) Estudio em Obra / MAM São Paulo
Dichas categorías no son inocentes: producen una posición desde la cual la obra puede ser mirada antes de ser realmente enfrentada por lo que propone, es decir, existe un sistema de categorización que antepone una coordenada de otredad, la cual condiciona cómo nos acercamos y entendemos la propuesta del artista. Moacir permite entonces llevar la pregunta un paso más lejos: ¿Qué ocurre cuando una institución intenta reparar una historia de exclusión mediante la incorporación de aquello que antes había permanecido fuera de sus categorías? ¿Basta con ampliar la categoría? Probablemente no, ya que incluso una institución que abandona las clasificaciones peyorativas puede continuar apelando a la clasificación. La obra debe aparecer bajo un nombre, una trayectoria, una fotografía, una posición dentro de la exposición. La operación de inclusión puede modificar radicalmente el contenido de la representación sin necesariamente desactivar la maquinaria que produce aquello que puede ser representado. La presencia de Moacir permite preguntarnos qué sucede con una práctica cuando pasa de existir al margen de una determinada economía de reconocimiento a ser reconocida por ella. Así, el reconocimiento puede ser, al mismo tiempo, una forma de reparación y una forma de captura.
Partiendo de las relaciones de poder, intimidad, vulnerabilidad y negociaciones, Lia D Castro (São Paulo, Brasil, 1978) participa con dos obras en óleo que componen parte de su investigación sobre representación y representatividad. Boi de piranha [Carne de cañón] (2016-2024) es la serie de la cual se desprende el par de pinturas Lia D Troia, dos retratos de policías militares realizados por la artista. «Troia» es también el término utilizado en operaciones encubiertas policiales para infiltrarse en territorios específicos, misma operación que la artista logra después de entrar en contacto con el batallón y entregar los retratos firmados como Lia D Troia. La práctica no busca simplemente representar una posición subalterna ni denunciar la estructura de poder desde dentro; construye una situación en la que su mirada se convierte en una presencia continua en el interior de la estructura de seguridad pública.
En el campo contemporáneo, las instituciones públicas, las galerías, las colecciones y las exposiciones participan conjuntamente en la producción de visibilidad. Y cuando la crítica abandona las estructuras para reivindicar singularidades identitarias, corre el riesgo de coincidir con una economía que también necesita singularidades: artistas distinguibles, trayectorias identificables, firmas reconocibles.
Aquí la crítica tampoco funciona como un mensaje que pueda ser fácilmente separado de su objeto. La obra opera sobre las condiciones de relación que producen aquello que después llamamos poder, vulnerabilidad y violencia. Es quizá en este punto donde las distintas prácticas del Panorama empiezan a complicar la propia formulación curatorial. La exposición propone escapar de los límites de la representación estética. Pero artistas como Mombaça, Peres, D Castro y Moacir parecen indicar que el problema no termina en la representación. Se extiende hacia las infraestructuras perceptivas, sociales e institucionales que hacen posible representar. Entonces es pertinente preguntarnos sobre qué condiciones producen a un sujeto como representable, qué condiciones hacen que una diferencia pueda ser reconocida y qué ocurre cuando una práctica intenta escapar incluso de esa necesidad de reconocimiento.

Vista de Boi de piranha de Lia D Castro (São Paulo, Brasil, 1978) como parte de la exposición Depois que tudofoi dito, en el Museo de Arte Moderno de São Paulo. (c) Ding Musa / MAM São Paulo
Esta cuestión adquiere todavía más peso en un museo como el MAM, cuya historia está profundamente vinculada al propio dispositivo del Panorama. Desde su origen, la exposición funcionó como una plataforma para observar la producción artística brasileña y también como mecanismo de formación de colección. La 39ª edición hereda inevitablemente esta función institucional, incluso cuando intenta transformar aquello que significa hacer un panorama. De ahí que la presencia de galerías y capital privado en la exposición no deba reducirse a una denuncia sobre la contaminación del museo por el mercado. El problema es estructural. En el campo contemporáneo, las instituciones públicas, las galerías, las colecciones y las exposiciones participan conjuntamente en la producción de visibilidad. Y cuando la crítica abandona las estructuras para reivindicar singularidades identitarias, corre el riesgo de coincidir con una economía que también necesita singularidades: artistas distinguibles, trayectorias identificables, firmas reconocibles.
La cuestión, entonces, no es qué viene después de todo lo dicho. Tal vez Depois que tudo foi dito no sea tanto el momento posterior a la crítica como aquel en que la crítica debe preguntarse qué hacer cuando sus propias conquistas comienzan a transformarse en nuevas formas de legibilidad. ¿Qué está dejando de ser dicho para que algo distinto aparezca?





